El 4 de octubre de 1957 fue lanzado desde el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán –por entonces, una república de la Unión Soviética–, el Sputnik 1, el primer satélite artificial.

Se trataba de una esfera brillante de aluminio, de 58 cm de diámetro, provista de cuatro finas antenas de 2,4 a 2,9 metros de longitud.

Crédito: NASA

Su órbita alrededor de la Tierra variaba de altitud: Con un apogeo de 950 kilómetros, que fue disminuyendo hasta 600, y un perigeo de unos 200.

Tenía una masa de 84 kilos, y en su interior, presurizado con nitrógeno, llevaba instrumentos para medir la temperatura en la capa externa de la atmósfera, donde los gases ya están muy enrarecidos. También tenía dos transmisores de radio, que durante tres semanas –hasta que se agotaron las baterías– estuvieron emitiendo una señal en longitud de onda de 15 y 7,5 metros.

Fue un acontecimiento inesperado, y sin duda histórico: con el Sputnik nació la era espacial.

Imagen del interior del Sputnik. Crédito: NASA

R-7 Semiorka

El cohete utilizado era una versión modificada del misil balístico intercontinental R-7 Semyorka. Medía 28 metros de longitud (sin contar la carga útil); 2,95 metros de diámetro en su cuerpo central y 10,3 metros de diámetro en su base, incluyendo los cohetes auxiliares.

Su peso era de 280 toneladas y podía transportar una carga máxima de 5,5 toneladas en la versión R-7 y de 3,7 en la versión R-7A.

Para ponerlo en órbita, Koroliov (el fundador del programa espacial soviético) tuvo que vencer la resistencia de los militares, que veían en aquella bola de metal un lastre para el desarrollo de su industria. Hasta el propio Chertok, un auténtico ‘raketchik’ (diseñador de misiles), no terminaba de ver muy claro el futuro del Sputnik.

«Nuestra misión no era crear un cohete para el Sputnik, sino diseñar un misil intercontinental capaz de llevar una carga termonuclear hasta EEUU», explica Chertok. «Muchos pensábamos que aquella tarea no era seria, que era cosa de románticos y que no era necesario para nadie… Pero los colaboradores más cercanos de Koroliov sabíamos que él soñaba con el Sputnik», reconoce.

En 1956 Koroliov y Chertok llegaron a Kazajistán, donde miles de obreros e ingenieros construían Baikonur, el primer cosmódromo del planeta.

Crédito: Wikipedia

Tras seis intentos fallidos, el 4 de octubre de 1957 el Sputnik salió a órbita. «La velocidad cósmica que Newton había calculado hacía 300 años, era alcanzada por primera vez por la mente y la mano humana», sentencia Chertok.

Los radioaficionados de medio planeta captaron su señal y aunque muchos creyeron ver su reflejo en el cielo, en realidad lo que vieron fue la segunda fase del cohete, que quedó anclado en la misma órbita. El Sputnik era demasiado pequeño para ser visto, incluso con prismáticos.

Tras el éxito del Sputnik, Koroliov fue recibido en el Kremlin por Jrushchov, que le ‘regaló’ otro encargo: debían poner en órbita a un ser vivo antes de un mes para celebrar el 40 aniversario de la revolución bolchevique.

Serguéi Koroliov

El 4 de noviembre, la perrita Laika dio su primer y último paseo espacial. Aún faltaban cuatro años para que Yuri Gagarin, el primer cosmonauta de la Historia, siguiera la estela del Sputnik.

Fuentes: elmundo.es / muyinteresante.es